FAC on November 6th, 2008
Mientras sintonizaba la radio cristiana escuché varios cristianos compartir sus preocupaciones acerca de la elección de un presidente que se sabe tiene algunos puntos de vista que se perciben en contra de lo que los creemos los cristianos. Tradicionalmente, a los cristianos se nos ha enseñado a evitar cualquier tipo de apoyo a los candidatos cuyas plataformas no están de acuerdo con nuestras enseñanzas. La idea es que sería bueno tener leyes que prohíben las cosas que están mal.
La verdad es que cuando Jesús estuvo en esta tierra había una gran cantidad de leyes acerca de lo que la gente podía y no podía hacer. Sin embargo, la ley sólo da el conocimiento acerca de lo que no se debe hacer, pero no ofrece ningún poder sobre el pecado. La ley nunca será capaz de cambiar nuestros corazones.

Este pueblo de labios me honra;  Mas su corazón está lejos de mí. -  Mt 15:8

Por esta misma razón, Dios envió Su Espíritu a morar en nuestros corazones:

Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.  Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra – Ez 36:26-27

Es la responsabilidad de la iglesia, y no del gobierno, el enseñar acerca del Reino de Dios. Los gobiernos podrán ser capaces de promulgar leyes contra el aborto, los matrimonios entre homosexuales y otras cuestiones, pero esto no va a cambiar los corazones de las personas que están dispuestas a hacer tales cosas. La historia nos enseña que la iglesia primitiva comenzó a predicar en las peores condiciones imaginables. Parecía que todo estaba en contra de la iglesia y, a pesar de esto, fueron capaces de evangelizar la mayoría del mundo conocido. Sin embargo, cuando el cristianismo fue hecho la religión oficial del Imperio Romano la iglesia comenzó su decadencia. ¿Por qué? Porque obligar a la gente a convertirse en cristianos cambió el nombre de su religión pero no su fe, y ciertamente no sus corazones.

El gobierno no está llamado a ser testigo de Jesús: nosotros somos los llamados. El gobierno no está llamado a predicar: nosotros somos los llamados. Sería locura depender de las leyes para que la gente aprenda lo que hemos aprendido sólo a través de nuestra relación con Jesús. La ley no ha evitado que personas cometan delitos. La ley no puede cambiar la perspectiva de un homosexual acerca de las relaciones homosexuales: Jesús puede. La ley no puede hacer que una mujer ame a su hijo aun no nacido: Jesús puede. La única manera en que esta nación vendrá a Jesús es cuando  cumplamos con nuestra responsabilidad de predicar el evangelio y hacer discípulos.

Este no es tiempo para estar decepcionados, es momento de ser responsables. No es tiempo para pensar acerca de lo que el gobierno puede hacer por la iglesia. Es hora para que la iglesia cumpla su papel como testigos de Jesús.  El cambio vendrá, no a causa de un nuevo gobierno, sino cuando la iglesia este haciendo lo que se supone que tenemos que hacer.

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